L.E. Libro III, Cap. VI: LEY DE DESTRUCCIÓN. Crueldad – P 752 a 756.
febrero 11 -7:00 PM
La Crueldad: ¿Maldad absoluta o un rastro de nuestra animalidad?
A menudo nos horrorizamos ante las noticias de violencia y nos preguntamos: ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, existan seres tan crueles? La respuesta no se encuentra en la falta de civilización externa, sino en el estado de madurez del Espíritu.
El instinto frente al sentimiento
La doctrina espírita nos enseña una distinción fundamental: la destrucción puede ser una necesidad transitoria de la naturaleza para la renovación, pero la crueldad jamás es una necesidad. La crueldad es el «instinto de destrucción en lo que tiene de peor». Mientras que el animal destruye por supervivencia, el ser humano que actúa con crueldad está permitiendo que su naturaleza material sofoque por completo su sentido moral.
En los pueblos llamados «primitivos», la conservación personal es la prioridad absoluta porque el Espíritu aún está bajo el dominio de la materia. Sin embargo, lo preocupante es ver estos mismos rasgos en sociedades avanzadas. Aquí, nos encontramos ante «lobos con piel de oveja»: Espíritus que han encarnado en ambientes de progreso para intentar avanzar, pero que sucumben ante el peso de sus antiguas inclinaciones.
El perfume que aún no brota
Lo más esperanzador de esta visión es que el sentido moral nunca está ausente. Existe en cada ser humano como el principio del perfume está en el germen de la flor. Nadie nace «condenado» a la maldad eterna. La crueldad es, en última instancia, una falta de desarrollo, una ceguera espiritual que solo la educación y las sucesivas existencias pueden curar.
A medida que el Espíritu progresa, el sentido moral se fortalece y, naturalmente, las facultades puramente animales se debilitan. No es un proceso mágico, sino un trabajo de perfeccionamiento que requiere tiempo, esfuerzo y, sobre todo, voluntad.
Un llamado a la transformación
La humanidad es un campo en plena siega. Así como el agricultor separa el buen grano de la paja, las leyes del progreso van filtrando las imperfecciones. Aquellos que hoy se dejan dominar por el instinto del mal, renacerán en nuevas condiciones, con más experiencia y una mejor comprensión del bien.
No te detengas en la indignación. La crueldad ajena debe ser para nosotros un recordatorio de cuánto trabajo queda por hacer en nuestro propio interior. Cultivemos el «perfume» de nuestra alma para que, al florecer, ayude a perfumar el camino de los que aún caminan en la sombra.
La Crueldad: ¿Maldad absoluta o un rastro de nuestra animalidad?
A menudo nos horrorizamos ante las noticias de violencia y nos preguntamos: ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, existan seres tan crueles? La respuesta no se encuentra en la falta de civilización externa, sino en el estado de madurez del Espíritu.
El instinto frente al sentimiento
La doctrina espírita nos enseña una distinción fundamental: la destrucción puede ser una necesidad transitoria de la naturaleza para la renovación, pero la crueldad jamás es una necesidad. La crueldad es el «instinto de destrucción en lo que tiene de peor». Mientras que el animal destruye por supervivencia, el ser humano que actúa con crueldad está permitiendo que su naturaleza material sofoque por completo su sentido moral.
En los pueblos llamados «primitivos», la conservación personal es la prioridad absoluta porque el Espíritu aún está bajo el dominio de la materia. Sin embargo, lo preocupante es ver estos mismos rasgos en sociedades avanzadas. Aquí, nos encontramos ante «lobos con piel de oveja»: Espíritus que han encarnado en ambientes de progreso para intentar avanzar, pero que sucumben ante el peso de sus antiguas inclinaciones.
El perfume que aún no brota
Lo más esperanzador de esta visión es que el sentido moral nunca está ausente. Existe en cada ser humano como el principio del perfume está en el germen de la flor. Nadie nace «condenado» a la maldad eterna. La crueldad es, en última instancia, una falta de desarrollo, una ceguera espiritual que solo la educación y las sucesivas existencias pueden curar.
A medida que el Espíritu progresa, el sentido moral se fortalece y, naturalmente, las facultades puramente animales se debilitan. No es un proceso mágico, sino un trabajo de perfeccionamiento que requiere tiempo, esfuerzo y, sobre todo, voluntad.
Un llamado a la transformación
La humanidad es un campo en plena siega. Así como el agricultor separa el buen grano de la paja, las leyes del progreso van filtrando las imperfecciones. Aquellos que hoy se dejan dominar por el instinto del mal, renacerán en nuevas condiciones, con más experiencia y una mejor comprensión del bien.
No te detengas en la indignación. La crueldad ajena debe ser para nosotros un recordatorio de cuánto trabajo queda por hacer en nuestro propio interior. Cultivemos el «perfume» de nuestra alma para que, al florecer, ayude a perfumar el camino de los que aún caminan en la sombra.
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Bucaramanga, Santander Colombia + Google Map