Estudio L.E. Libro III, Cap. VIII: LEY DEL PROGRESO. Civilización P. 790 a 793.
mayo 27 -7:00 PM
La Paradoja del Progreso: ¿Somos Realmente una Civilización Avanzada?
Vivimos en una era de milagros tecnológicos. Viajamos al espacio, nos comunicamos instantáneamente a miles de kilómetros y hemos erradicado enfermedades que antes devastaban poblaciones enteras. Nos alojamos mejor, vestimos mejor y acumulamos saberes que eclipsan a las generaciones pasadas. Ante este panorama, resulta tentador proclamar que hemos alcanzado la cúspide de la civilización.
Sin embargo, basta con mirar las noticias o caminar por nuestras calles para notar una profunda contradicción: el sufrimiento humano, la desigualdad abrasadora, las guerras y los vicios sociales siguen tan vigentes como en los tiempos más oscuros de la historia. ¿Cómo es posible que tanta luz intelectual coexista con tanta sombra moral?
Esta es la paradoja que Allan Kardec planteó a los Espíritus Superiores en El Libro de los Espíritus. La respuesta que recibió resuena hoy con una urgencia ineludible: nuestra civilización es un «progreso incompleto». La humanidad se encuentra en un estado de transición, saliendo de su infancia espiritual pero sin haber alcanzado aún la madurez. Hemos desarrollado la inteligencia, las ciencias y las artes de manera extraordinaria, pero hemos dejado rezagado el corazón. El fruto —que es la paz y el bienestar colectivo— no puede aparecer antes de que la flor de la moralidad haya madurado por completo.
Los Espíritus nos enseñan que es un error condenar a la civilización en sí misma. El avance material es un paso natural y necesario en la economía divina; el problema real radica en el abuso que los hombres hacen de las herramientas que la inteligencia les otorga. Al crear nuevas comodidades, también excitamos pasiones y necesidades artificiales que alimentan el orgullo, la codicia y el egoísmo.
¿Cuál es entonces el verdadero termómetro de una civilización completa? No se encuentra en el Producto Interno Bruto de una nación, ni en la sofisticación de sus leyes escritas si estas se aplican con parcialidad. El verdadero derecho a llamarnos «civilizados» lo obtendremos únicamente cuando hayamos desterrado los vicios que deshonran a la sociedad y cuando la práctica de la caridad y la benevolencia recíproca sea la norma y no la excepción.
Un pueblo verdaderamente civilizado se reconoce porque el egoísmo, el orgullo y la codicia están en retirada; porque las leyes no consagran privilegios y protegen por igual al primero y al último; porque el fuerte es el amparo natural del débil, nunca su opresor; porque existe un respeto absoluto por la vida, las creencias y las opiniones ajenas; y porque todo hombre de buena voluntad tiene asegurado lo necesario para subsistir. Hasta que no alcancemos estos estándares, seremos simplemente pueblos instruidos, sociedades que han recorrido apenas la primera fase del progreso.
La crisis moral del siglo XXI no debe llevarnos al pesimismo, sino a la acción consciente. El malestar actual contiene en sí mismo el germen de su propio remedio: nos obliga a despertar. El progreso intelectual nos da la capacidad de transformar el mundo físico; ahora, el progreso moral nos dará la voluntad de transformarnos a nosotros mismos para vivir, finalmente, como hermanos.
¡Es momento de actuar! El cambio social que tanto anhelamos no vendrá de decretos externos, sino de la reforma íntima de cada uno de nosotros. Te invitamos a profundizar en este conocimiento transformador. No te quedes en la superficie de la instrucción material.
La Paradoja del Progreso: ¿Somos Realmente una Civilización Avanzada?
Vivimos en una era de milagros tecnológicos. Viajamos al espacio, nos comunicamos instantáneamente a miles de kilómetros y hemos erradicado enfermedades que antes devastaban poblaciones enteras. Nos alojamos mejor, vestimos mejor y acumulamos saberes que eclipsan a las generaciones pasadas. Ante este panorama, resulta tentador proclamar que hemos alcanzado la cúspide de la civilización.
Sin embargo, basta con mirar las noticias o caminar por nuestras calles para notar una profunda contradicción: el sufrimiento humano, la desigualdad abrasadora, las guerras y los vicios sociales siguen tan vigentes como en los tiempos más oscuros de la historia. ¿Cómo es posible que tanta luz intelectual coexista con tanta sombra moral?
Esta es la paradoja que Allan Kardec planteó a los Espíritus Superiores en El Libro de los Espíritus. La respuesta que recibió resuena hoy con una urgencia ineludible: nuestra civilización es un «progreso incompleto». La humanidad se encuentra en un estado de transición, saliendo de su infancia espiritual pero sin haber alcanzado aún la madurez. Hemos desarrollado la inteligencia, las ciencias y las artes de manera extraordinaria, pero hemos dejado rezagado el corazón. El fruto —que es la paz y el bienestar colectivo— no puede aparecer antes de que la flor de la moralidad haya madurado por completo.
Los Espíritus nos enseñan que es un error condenar a la civilización en sí misma. El avance material es un paso natural y necesario en la economía divina; el problema real radica en el abuso que los hombres hacen de las herramientas que la inteligencia les otorga. Al crear nuevas comodidades, también excitamos pasiones y necesidades artificiales que alimentan el orgullo, la codicia y el egoísmo.
¿Cuál es entonces el verdadero termómetro de una civilización completa? No se encuentra en el Producto Interno Bruto de una nación, ni en la sofisticación de sus leyes escritas si estas se aplican con parcialidad. El verdadero derecho a llamarnos «civilizados» lo obtendremos únicamente cuando hayamos desterrado los vicios que deshonran a la sociedad y cuando la práctica de la caridad y la benevolencia recíproca sea la norma y no la excepción.
Un pueblo verdaderamente civilizado se reconoce porque el egoísmo, el orgullo y la codicia están en retirada; porque las leyes no consagran privilegios y protegen por igual al primero y al último; porque el fuerte es el amparo natural del débil, nunca su opresor; porque existe un respeto absoluto por la vida, las creencias y las opiniones ajenas; y porque todo hombre de buena voluntad tiene asegurado lo necesario para subsistir. Hasta que no alcancemos estos estándares, seremos simplemente pueblos instruidos, sociedades que han recorrido apenas la primera fase del progreso.
La crisis moral del siglo XXI no debe llevarnos al pesimismo, sino a la acción consciente. El malestar actual contiene en sí mismo el germen de su propio remedio: nos obliga a despertar. El progreso intelectual nos da la capacidad de transformar el mundo físico; ahora, el progreso moral nos dará la voluntad de transformarnos a nosotros mismos para vivir, finalmente, como hermanos.
¡Es momento de actuar! El cambio social que tanto anhelamos no vendrá de decretos externos, sino de la reforma íntima de cada uno de nosotros. Te invitamos a profundizar en este conocimiento transformador. No te quedes en la superficie de la instrucción material.
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